
Carlos Fernando Chávez López hace 25 años comenzó un camino que, más que una trayectoria laboral, se ha convertido en una historia de vida. Su voz, serena, pero llena de emoción, resonó en el auditorio durante la celebración jubilar de la Universidad Mariana, un encuentro para rendir homenaje a quienes, con su entrega y fidelidad, han hecho de la educación un acto de amor y esperanza.
“Hoy nos embarga una emoción muy grande”, dijo al iniciar su discurso. Y con esa frase abrió un cofre de recuerdos que guardaba en el corazón: los primeros años de docencia, los rostros de estudiantes que se convirtieron en colegas, las transformaciones que ha visto florecer en la universidad.
Cuando empezó esta aventura, recuerda, el mundo era distinto. “Apenas comenzaba el auge de los celulares; eran enormes, costosos, pesados. Hoy un teléfono cabe en el bolsillo y se ha vuelto indispensable. Y, sin embargo, a veces siento que hemos perdido algo en el camino”. Entre la nostalgia y la reflexión, el profesor evoca los tiempos en que las conversaciones fluían sin pantallas y las clases eran un diálogo sin notificaciones.
Su relato es también el de una generación que ha vivido los cambios más profundos de la educación. Desde las aulas sin tecnología hasta la irrupción de la inteligencia artificial, su mirada no es de temor, sino de aprendizaje: “Puede asustarnos, sí. Pero también puede ser un aliado, si la usamos con responsabilidad y con humanidad”.
Y, por supuesto, hay heridas que el tiempo no borra. “¿Cómo olvidar la pandemia?”, se pregunta con la voz entrecortada. “Fueron días duros de silencio y de miedo. En nuestra universidad partieron colegas, amigos, compañeros que dejaron un vacío inmenso. Pero también aprendimos que la vida es frágil y valiosa, que unidos podemos resistir, y que incluso, en medio del dolor, la esperanza florece”.
En sus palabras, se percibe un profundo sentido de comunidad. Habla de la Universidad Mariana como quien habla de su familia: “Lo más grande no está en las paredes, lo más grande son las personas”. Y entonces su gratitud se extiende a las directivas por su visión, a sus colegas por su entrega, a los funcionarios y personal de apoyo por su constancia silenciosa, y a las familias, esa fuerza invisible, que sostienen con amor cada jornada.
“Ustedes son el corazón de esta comunidad”, dice, y el auditorio guarda silencio, ese tipo de silencio que solo nace del reconocimiento profundo. El jubileo, recuerda, viene del júbilo, de la plenitud. Y eso fue precisamente lo que se celebró: vidas entregadas, fidelidades que han echado raíces y vocaciones que siguen floreciendo. Para él, cada década tiene su propio significado: “Diez años son la siembra inicial, quince son madurez, constancia y convicción, veinte son el fruto que comienza a multiplicarse en generaciones de estudiantes y en obras visibles, veinticinco son memoria viva, legado compartido, raíces hondas en el corazón de la universidad y treinta son toda una vida entregada. Son testimonio apostólico, son fidelidad inquebrantable, son la certeza de que la misión no ha sido en vano”.
Al mirar hacia el futuro, el profesor Chávez no duda. “Sé que el mundo seguirá cambiando, que vendrán nuevos retos. Pero también sé que hay algo que nunca debe cambiar: nuestra misión apostólica, nuestro compromiso con la esperanza”. Su voz, cálida y profunda, se quiebra apenas un instante cuando dice la frase que parece resumir toda su trayectoria: “Educar no es solo transmitir conocimientos, es sembrar futuro. Servir es un privilegio”.
Y al final, mientras los aplausos llenan el espacio, su mirada parece abarcarlo todo: los años vividos, los rostros conocidos, la certeza de que en cada estudiante que se forma, en cada vida que se transforma, late también un pedazo de su historia. Porque cuando alguien se queda en la mente, deja huella. Pero cuando alguien se queda en el corazón, trasciende.
